domingo, 17 de agosto de 2008

Sra. Ingrid Betancourt. En su país cualquiera que fuere.

Tito Velásquez, ex militar que duró 4 años en poder de las Farc, hoy es un reciclador en Soacha

Foto: Mauricio Moreno- EL TIEMPO

Tito Velásquez León.

Sobrevivó a la toma del municipio de Miraflores (Guaviare) el 3 de agosto de 1998. Su rostro y el de sus compañeros, detrás de una alambrada en la selva, le dio la vuelta al mundo .

Hoy, a sus 30 años, no encuentra diferencia entre el infierno que vivió en la selva y el que le ha tocado padecer ahora en el asfalto.

"Cuando mi hija me pregunta por qué la comida está así, yo no soy capaz de decirle que la saqué de la basura".

Este soldado regular nació en Bituima (Cundinamarca), se hizo militar en 1997 y sobrevivió a un secuestro de casi tres años a manos de esa guerrilla.

Habita una humilde pieza del barrio León XIII de Soacha, en límites con Bogotá. Todo lo que compone su hogar viene de la calle: la cama, el colchón, la mesa de noche, el tocador, los frascos de cremas y champú, los juguetes y hasta el altar que reposa sobre una repisa de mimbre. En la tarea del rebusque le ayudan su esposa Niny Johana y su hija Sharick, de 4 años.

El lugar huele a encierro y a tabaco. Tito no se inmuta, aunque reconoce que no ha podido acostumbrarse a vivir en estas condiciones. No él, uno de los 242 soldados que hace 7 años liberó la guerrilla tras un acuerdo con el Gobierno del presidente Pastrana y que luego fueron recibidos como héroes.

No pudo seguir en el Ejército

"Estábamos patrullando y de un momento a otro nos encontramos con la guerrilla, eso fue plomo de lado a lado, yo pensé que iba a morir", recuerda Tito, hoy con el pelo más largo y un pronunciado bigote. "Es muy triste no tener libertad para hacer lo que uno quiere, además hubo mucho maltrato psicológico".

La alegría por la liberación fue efímera. Al cabo de un tiempo, este ex militar se vio enfrentado a otro drama: no era apto para seguir en el Ejército. Así lo determinó una junta médica que concluyó que Velásquez León tenía una incapacidad relativa y permanente del 13 por ciento.

Para que a un soldado lo pensionen, tienen que darle un mínimo de 50 por ciento de incapacidad y un 75 por ciento para la pensión completa, equivalente a 600 mil pesos. La mayoría de sus compañeros fueron pensionados porque acudieron a la tutela. Pero él no lo hizo.

"El Ejército, a través de sus médicos, no evaluó con un principio de igualdad a estas personas, no puede ser posible que de un grupo de más de 200 liberados, todos con el mismo dictamen de shock post -traumático, unos hayan sido pensionados y otros no, pues todos estuvieron el mismo tiempo en cautiverio", afirma el abogado Roberto Quintero, una especie de ángel de la guarda de varios de ellos.

Finalmente, el ex soldado salió con una indemnización de 2 millones de pesos que tuvo que destinar al entierro de su hermano, asesinado en extrañas circunstancias. "Con lo que me sobró hice un mercado y el resto se fue", agrega.

Tito tiene una desviación en la nariz y prácticamente no puede mover la mano derecha. "Sólo puedo respirar por una fosa nasal y en la mano se me enterró la lata de un cilindro", recuerda.

Hoy, sus días transcurren en medio de los desperdicios de basura, el único oficio que pudo desempeñar y que le permite darle de comer a su familia. No ha podido conseguir un trabajo estable. Asegura que la libreta militar no le ha servido para nada. "Cuando me la entregaron me dijeron que consiguiera trabajo y que mirara cómo salía adelante, pero nadie me da trabajo porque piensan que estoy loco".

Johana cuenta que su compañero se levanta por las noches con pesadillas o peleando y que en las madrugadas, de un momento a otro, dice que se tiene que ir. "Sale y dura perdido varias horas".

Tito arrastra todos los días un carro de madera tres veces más grande que él. En la parte de adelante siempre viaja Sharick y al lado, Johana. Ella lo acompaña a pesar de sus seis meses de embarazo, pues dice que así está más tranquila.

La joven no puede contener el llanto cuando recuerda que aún no se ha hecho el primer control médico, por tanto, no sabe si tendrá niña o niño y cómo va a hacer para que la atiendan cuando el bebé nazca.

Sin embargo, lo que más le duele es ver que su pequeña Sharick no ha podido ingresar al jardín infantil. "A veces no hay plata para que coma, menos para que estudie", dice resignada.

La vida en la calle

La jornada de la familia comienza a las 7 de la noche. Trabajan hasta las 12. No importa si hace frío o llueve. Con algo de suerte pueden vender lo que recogen en 8 mil o 10 mil pesos. Con eso, Tito asegura el almuerzo a la niña, que le vale 4 mil pesos, mientras él y su esposa toman gaseosa y comen pan con salchichón.

Para pagar los 140 mil pesos de arriendo por la pieza en la que viven, tienen que pedir regalado o sacrificar la comida de varios días.

"Uno se estrella contra el mundo. En el momento de la liberación a usted le hacen mil promesas, pero cuando vuelve a la realidad todo es mentira. El Ejército y el Gobierno me dejaron solo y lo único que les pido es que me ayuden a salir de esta situación", exclama el hombre.

Hay una luz de esperanza: El pasado miércoles, Tito fue notificado de que su caso será sometido a una segunda junta médica con la que espera le suban el porcentaje para la pensión. El único problema es que cuando fue a notificarse al departamento de sanidad del Ejército, no lo dejaron entrar porque no tenía papeles.

CAROLINA OSPINA OVIEDO